En el sur de Tamaulipas no estamos ante una crisis de seguridad. Estamos ante una crisis de autoridad. Y no es lo mismo. La primera se combate con estrategia, recursos y coordinación. La segunda se delata sola… cuando una mujer en situación de calle, con evidentes deficiencias mentales —a la que el imaginario popular ya bautizó como “la güera”— tiene de rodillas a tres municipios completos: Altamira, Ciudad Madero y Tampico.
Sí, leyó bien. Tres cabildos, tres alcaldías, tres estructuras administrativas completas, incapaces de contener, atender o resolver un problema que ya escaló de lo social a lo público y de lo público a lo político. Agresiones a adultos, a niños, rondines cerca de escuelas, reportes ciudadanos reiterados, detenciones que no detienen nada y liberaciones que solo reinician el ciclo. Y mientras eso ocurre, los alcaldes —inspirados sabrá Dios por qué intereses— empujan con entusiasmo el regreso de las policías municipales.
Y aquí entra el alcalde de Ciudad Madero, Erasmo González Robledo, el más entusiasta promotor de este retorno al pasado. Un alcalde que no logra controlar el tránsito, que no puede garantizar servicios básicos sin tropiezos, que confunde gestión con discurso y resultados con conferencias. Un alcalde que administra como quien cuenta calorías sin saber cuántas tlayudas se comió, pero que ahora quiere administrar una corporación armada.
Hay que decirlo con claridad: Erasmo no puede con la calle, pero quiere con la pistola. No puede con la banqueta, pero se siente listo para el patrullaje. No puede con una crisis social evidente, documentada, reiterada, pero sí con la narrativa de que el municipio “recupere” su policía.
Recuperar, por cierto, algo que se perdió porque fue corrompido.
Las policías municipales en Tamaulipas no fueron retiradas por capricho ideológico ni por centralismo autoritario. Fueron desmanteladas porque estaban infiltradas por la delincuencia organizada. Porque los alcaldes —antecesores espirituales de los actuales— no supieron, no quisieron o no pudieron defenderla, de eso, sabe perfectamente Erasmo González, fue en una Semana Santa en la administración de Lupe Galván, la misma en la que él fue alcalde mientras su papá putativo hizo campaña para diputado local cuando todo se rompió. El mando único fue una medida de emergencia ante un colapso institucional que hoy algunos fingen no recordar, Erasmo es uno de ellos, claro, antes era priista y no le iba mal viviendo del erario como hasta hoy, pero, ya tocado por el mecías AMLO de morena, en fin.
Así, mientras el Congreso abre la puerta a ese regreso, la realidad hace trizas el discurso. El delito común crece, la violencia cotidiana se normaliza y las instituciones se fragmentan. El caso de la mujer en situación de calle es solo el síntoma más visible. Detenciones administrativas que no resuelven nada. Liberaciones automáticas. Fiscalías que se declaran incompetentes. Hospitales atados a requisitos legales imposibles. Autoridades municipales “atadas de manos”… pero con ambiciones intactas.
Si el municipio no puede activar un protocolo integral para proteger a niños agredidos en la vía pública, ¿qué lo hace pensar que podrá resistir la presión del crimen organizado?
Si no puede coordinar salud, asistencia social y seguridad básica, ¿qué lo hace creer que podrá depurar, supervisar y blindar una policía municipal?
La respuesta es incómoda: nada ¡ja!…
Pero Erasmo insiste. Y en esa insistencia no hay convicción técnica, hay reflejo político. El reflejo del alcalde que quiere control sin responsabilidad, presencia sin resultados y poder sin rendición de cuentas. El problema no es que quiera una policía municipal. El problema es que no ha demostrado estar a la altura de un silbato, mucho menos de una corporación.
Mientras tanto, el Estado intenta reforzar lo que aún funciona: el esquema de mando único, con todas sus imperfecciones, sigue siendo más eficaz que la nostalgia municipalista. La Guardia Estatal recluta, capacita, evalúa. Seis meses de formación, controles federales, supervisión constante. Nada de eso aparece con claridad en la propuesta de regreso de las policías municipales.
Porque la seguridad no se decreta. Se construye.
Y quien no puede con “la güera”, no puede con el crimen.
En la intimidad… En contraste con la improvisación que domina a buena parte de la política local, la Universidad Autónoma de Tamaulipas dio un paso que merece reconocimiento. El rector Dámaso Anaya Alvarado encabezó la aprobación y firma del Manifiesto Institucional para el Uso Ético de la Inteligencia Artificial, un documento que establece principios claros para el uso de esta tecnología en la docencia, el aprendizaje, la investigación, la divulgación del conocimiento y la gestión universitaria.
No es un gesto cosmético. La UAT avanza también en la conformación del Instituto de Inteligencia Artificial, una entidad estratégica para articular capacidades, formar talento y evitar que la tecnología se convierta en atajo o simulación. La visión es clara: la inteligencia artificial como herramienta al servicio del bien común, no como sustituto de la inteligencia humana ni de la ética académica.
En un país donde muchas instituciones corren detrás de la tecnología sin reglas, la UAT decidió poner límites antes que excusas. Pocas universidades en México cuentan con un marco de esta naturaleza, lo que coloca a la máxima casa de estudios de Tamaulipas en una posición pionera.
Mientras algunos no pueden gobernar lo básico, otros están pensando —con responsabilidad— en el futuro. Y esa diferencia, aunque no haga ruido, dice mucho.
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@dect1608

