Editoriales

Acuerdos | David Ed Castellanos Terán

En política pública, los gestos también cuentan. Y en materia de salud, los gestos pueden convertirse en decisiones que salvan vidas. La certificación de seis dependencias municipales de Tampico como espacios 100 por ciento libres de humo de tabaco no es un acto protocolario más en la agenda del Ayuntamiento; es, en los hechos, una señal de hacia dónde quiere caminar esta administración cuando se habla de prevención, cultura cívica y responsabilidad institucional.

El evento, realizado en la Delegación de la Zona Norte, reunió a una escena poco frecuente pero necesaria: autoridades municipales, representantes de COFEPRIS y COEPRIS, directores, secretarios y regidores, todos bajo una misma narrativa: cumplir la norma sanitaria no como trámite, sino como política de salud pública. La alcaldesa Mónica Villarreal Anaya lo dijo sin rodeos: “Para nuestro gobierno, la salud de las y los tampiqueños es una prioridad”. La frase, tantas veces repetida en discursos, aquí encontró soporte en un procedimiento supervisado, certificado y con respaldo jurídico.

Porque de eso se trata el acompañamiento de las instancias sanitarias: no de avalar por cortesía, sino de garantizar que las reglas se cumplan. La doctora Ofelia Cantú Rodríguez, directora de Servicios Médicos, fue clara al señalar que el respaldo estatal brinda certeza jurídica y orden al proceso. Traducido al lenguaje llano: no hay improvisación, hay método. Y en un país donde la simulación suele ser moneda corriente, ese dato no es menor.

Por su parte, el ingeniero Hugo Soto Guevara, director de Operaciones Sanitarias en el Estado y representante del comisionado estatal de COFEPRIS, subrayó la coordinación institucional que ha permitido que Tampico se consolide como referente en entornos libres de humo. Coordinación: palabra clave. Sin ella, las políticas públicas se quedan en anuncios; con ella, pueden convertirse en estándares.

La recepción de la placa de certificación del Palacio Municipal no es sólo simbólica: es aceptar que el gobierno debe ser el primero en cumplir lo que exige. Y más aún cuando la propia alcaldesa pidió avanzar hacia una segunda etapa de certificaciones en otros edificios municipales e, incluso, convocar a oficinas del Gobierno del Estado para sumarse. Aquí hay una lógica correcta: si el municipio predica con el ejemplo, eleva el piso de exigencia para todos.

Las dependencias reconocidas —Dirección de Salud, Instituto de la Mujer, Protección Civil, Prevención del Delito y la Delegación Zona Norte— no son oficinas cualquiera. Son áreas con alta interacción ciudadana. Espacios donde la prevención no es discurso, sino contacto diario con realidades complejas. Blindar esos entornos contra el humo de tabaco no sólo protege a los trabajadores, también envía un mensaje pedagógico a la población: la salud no se negocia.

Ahora bien, no perdamos de vista el contexto. Tamaulipas enfrenta rezagos históricos en atención preventiva, adicciones y enfermedades crónicas. Cada política que apunte a modificar hábitos, por pequeña que parezca, suma. La pregunta que queda en el aire es si este tipo de certificaciones se quedarán en la foto o si formarán parte de una estrategia más amplia que incluya campañas permanentes, vigilancia real y sanciones cuando la norma se viole. Porque la credibilidad de cualquier política pública no se mide en placas, sino en continuidad.

Hoy, el Ayuntamiento da un paso que merece reconocerse. Mañana, la ciudadanía deberá exigir que no sea el último.

En la intimidad… Mientras en el ámbito municipal se habla de entornos saludables, en la esfera universitaria se juega otra batalla silenciosa: la de la competitividad global. El rector de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, Dámaso Anaya Alvarado, ha puesto el acento en un eje que suele pasar desapercibido en el debate público: la enseñanza de idiomas como palanca de internacionalización académica.

No se trata sólo de aprender inglés para cumplir un requisito curricular. Según ha explicado el rector, el dominio de distintos idiomas ha permitido que más estudiantes accedan a instituciones en países no hispanohablantes, principalmente en Estados Unidos y Canadá, ampliando de forma real —no retórica— las oportunidades de movilidad académica.

La UAT ha reforzado esta estrategia mediante espacios especializados en distintas regiones del estado, buscando una enseñanza lingüística más eficiente y con mayor cobertura. En un entorno donde la educación superior compite por pertinencia, el idioma se convierte en capital académico y profesional.

El modelo educativo que plantea la Universidad integra la formación lingüística como parte de un perfil que responde a los retos de un mercado laboral globalizado, donde la adaptación y las habilidades interculturales ya no son un valor agregado, sino una condición de empleabilidad.

De cara a los próximos ciclos, la institución prevé ampliar la oferta de idiomas y fortalecer la cooperación internacional, alineando sus programas con una visión de largo plazo: formar profesionistas capaces de insertarse en circuitos académicos y productivos más allá de las fronteras estatales y nacionales.

No es un dato menor que, a través de los Centros Universitarios de Idiomas, la UAT ofrezca cursos de inglés, alemán, francés, italiano, japonés y coreano. En un estado que históricamente ha mirado más hacia adentro que hacia el mundo, esta apuesta por la internacionalización es, también, una forma de romper inercias.

Al final, tanto en la política municipal como en la universitaria, el mensaje converge: las decisiones que parecen administrativas, cuando están bien orientadas, pueden convertirse en auténtas políticas de futuro. Y eso, en tiempos de tanta urgencia y tan poca planeación, ya es decir bastante.

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@dect1608