El artista puertorriqueño llevó el español y la bandera de América al escenario más visto del mundo
Entre palmeras, cañas de azúcar y una escenografía que fusionó el Viejo San Juan con Nueva York —incluida una réplica de La Marqueta, su emblemática “Casita”, una barbería y hasta una licorería con el letrero “Conejo”— Bad Bunny protagonizó uno de los espectáculos de medio tiempo más comentados en la historia del Super Bowl. El show, realizado en Santa Clara, California, no solo fue un despliegue musical, sino también un mensaje cultural y político en plena era de Donald Trump, quien calificó la presentación como “terrible” en redes sociales.
La pantalla del estadio anunció en español: “Bienvenidos al espectáculo del medio tiempo del Súper Tazón”, marcando un hecho inédito en las seis décadas del evento. Vestido completamente de blanco y sosteniendo un balón de fútbol americano que utilizó para cerrar su actuación con un simbólico touchdown, el cantante interpretó su himno DtMF y lanzó un contundente “Seguimos aquí”, rodeado de bailarines que portaban las banderas de distintos países latinoamericanos. Él reservó la de Puerto Rico para el final.
El espectáculo incluyó momentos inesperados: una boda real sobre el escenario, guiños a las celebraciones latinas —con un niño dormido entre las mesas— y colaboraciones sorpresa. Lady Gaga apareció para interpretar en versión salsera Die with a Smile, antes de fundirse con el puertorriqueño en Baile inolvidable. También se sumó Ricky Martin, en un gesto simbólico hacia quienes abrieron camino en el mercado estadounidense. El recorrido musical incluyó clásicos del reguetón como Gasolina y Dale Don dale, encendiendo el estadio mientras en las pantallas se repetía la palabra “PERREO”.
Aunque parte del público reaccionó con frialdad, la magnitud cultural del momento fue innegable. Sobre el césped también estuvieron figuras como Karol G, Jessica Alba y Pedro Pascal. Incluso apareció La Toñita, ícono neoyorquino mencionado en Nueva Yol, quien sirvió un trago al cantante en pleno show.
“Si estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí”, expresó Benito Antonio Ocasio Martínez antes de que las cámaras enfocaran a un niño que evocaba su infancia y que también hacía referencia simbólica a la situación migratoria que atraviesa Estados Unidos.
Durante la semana, seguidores del artista bautizaron el evento como la “Benito Bowl”, conscientes de que los 13 minutos del medio tiempo —ante una audiencia estimada en más de 130 millones de personas— serían el verdadero centro de atención. Más allá de la música, el show se convirtió en un manifiesto: un homenaje a Puerto Rico, una reivindicación del español y una defensa de la diversidad cultural frente a un contexto político marcado por el endurecimiento migratorio y la polarización social.
En paralelo, sectores conservadores promovieron una transmisión alternativa encabezada por figuras afines al trumpismo, en un intento por contrarrestar el mensaje del artista. El contraste entre ambos espectáculos evidenció la profunda división cultural y política que atraviesa Estados Unidos, justo en el año en que el país conmemora el 250 aniversario de su independencia.
Con su actuación, Bad Bunny no solo reafirmó su peso como figura global de la música latina, sino que convirtió el escenario más visto del planeta en un espacio de afirmación cultural y debate sobre el presente de América.
Información de El País

