José Gregorio Aguilar/TN
Jueves 01 de Enero del 2026
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Hace cinco años conversamos con diez personas que nos compartieron sus propósitos de Año Nuevo. En aquel momento reinaba la felicidad y el firme deseo de llevarlos a cabo. Pero hoy, cinco años después, la pregunta es inevitable: ¿se cumplieron? ¿Por qué no? ¿Volverían a fijarse nuevos propósitos?
La revisión de estas historias revela un mosaico de experiencias. Algunos lograron concretar sus metas gracias a disciplina y apoyo familiar; otros, en cambio, se enfrentaron a obstáculos que los hicieron desistir. La vida cotidiana, los problemas económicos o de salud, y la falta de tiempo fueron factores que marcaron la diferencia.
Los testimonios muestran que los propósitos no siempre se cumplen, pero tampoco se olvidan. En muchos casos se transforman en aprendizajes o se convierten en metas más realistas. Lo que parecía un fracaso, en realidad se vuelve un recordatorio de que los deseos necesitan estructura y constancia para convertirse en hábitos.
El psicólogo Rafael Gallegos explica que el entusiasmo inicial proviene de lo que comúnmente llamamos “borrón y cuenta nueva”. Según él, dos factores lo alimentan: la visualización de los beneficios futuros y la tendencia a subestimar los obstáculos. “Imaginarnos disfrutando de los resultados es un motivador muy fuerte, pero solemos minimizar el impacto de las cuestiones externas”, señala.
A esto se suma la manera en que planteamos los objetivos. Gallegos advierte que solemos formularlos de manera vaga: “No es lo mismo decir ‘este año haré ejercicio’ que ‘este año saldré a trotar por 20 minutos tres veces a la semana’”. Por ello recomienda que los propósitos cumplan cinco criterios: ser específicos, medibles, alcanzables, relevantes y con un tiempo límite.
El especialista también subraya que la actitud personal, el entorno social y la confianza en uno mismo son factores decisivos. “Si en tu casa siempre se come con refresco y además piensas que no podrás resistir la tentación, será muy difícil cumplir el propósito de dejarlo”, ejemplifica.
Respecto a la autoexigencia, advierte que es fácil caer en ella porque la cultura nos empuja a dar “el 120%”. Sin embargo, considera que esto es dañino: “Hay que dar lo que se puede dar, y eso está bien”. La frustración, añade, puede convertirse en un riesgo cuando alimenta creencias irracionales como “no pudiste lograrlo, por lo tanto eres incapaz”.
Este seguimiento también refleja cómo los propósitos están atravesados por el contexto social y económico. Ahorrar, mejorar la salud o concluir estudios no dependen solo de la voluntad individual, sino de condiciones externas que muchas veces escapan al control de las personas.
Cinco años después, el balance es claro: los propósitos de Año Nuevo no son un examen que se aprueba o reprueba, sino un espejo de lo que deseamos y de lo que logramos. Más allá de cumplirse o no, lo importante es que siguen siendo una brújula que orienta, un recordatorio de que el verdadero propósito es seguir intentando, aunque el calendario cambie.

