Lo que el túnel destapó…

Héctor González Antonio/TodoNoticias

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El grito de “déjennos entrar”, retumbaba desde la calzada General Luis Caballero, las decenas de familiares de los reclusos del Centro de Ejecución de Sanciones (Cedes) Victoria buscaba llegar hasta los oídos de sus seres queridos ahí privados de su libertad, de quienes no sabían absolutamente nada e imaginaban lo peor.

Más de 36 horas habían pasado de la renombrada fuga de 29 internos, de los cuales 12 habían sido recapturados, esos… esos a las madres de familia, las hijas o esposas, no les importaban, ellas anhelaban saber de los que seguían ahí adentro, sometidos –decían- por los policías.

El dolor, la preocupación, angustia, la furia y la suma de sentimientos encontrados se observaba en las miradas por momentos agotadas, la incertidumbre mataba, y la espera remataba, pero esas mujeres… no se dejaban vencer.

Pasaron los minutos, poco antes del mediodía, se dio aviso de parte de las autoridades que habría acceso a las instalaciones penitenciarias de Victoria, ahora más famosas que antes, la fuga de internos -nada nuevo en ese Cedes-, había mostrado una vez más, la fragilidad del sistema carcelario y más aun de esa antigua infraestructura.

Con estrictas medidas de seguridad representantes de los medios de comunicación, estatales, nacionales, y uno que otro extranjero esperaban un tanto ansiosos, otro tanto curiosos, siempre deseando cumplir con informar, pero hasta con morbo, por saber cómo será un túnel del interior de un penal al exterior.

Apenas unos pasos, unos cien metros posteriores a los dos primeros filtros de seguridad, se sentía la tensión, miradas clavadas de agentes en los intrusos a esa instalación, que pese a las grandes moles de concreto y roca de más de 20 metros de altura, sucumbieron ante un túnel de 5 metros de profundidad y 40 metros de largo.

Ya se percibía el olor a quemado, no se podría definir qué se había incendiado, ese vapor que arrojan las brasas al intentar ser sofocada; escombros y el tronido del cascajo remolido por las pesadas máquina y los camiones torton que entraban y salían con esos desperdicios.

Parte de los mil 160 internos se podían observar detrás de las rejas, algunos otros apenas sus rostros que ansiaban hablar, gritar, pero algo lo impedía. La instrucción fue clara para quienes relatarían el recorrido, no se desintegren del grupo, deben permanecer unidos, mientras unos diez elementos los resguardaban.

Fue así como del módulo uno, por pasillos y caminos se alcanzó el módulo femenil, algunas de las internas apenas asomaron sus rostros, manoteaban pero no decían nada, y la caminata siguió, apenas entre 8 y 10 minutos habían pasado.

De pronto ya habíamos llegado a ese espacio que las propias autoridades habían calificado como zona de “autogobierno”, esos tendajos, esas construcciones empíricas, madera y láminas los materiales primarios, tan frágiles parecían, y tan letales como se había demostrado la medianoche del pasado miércoles 22 de marzo del 2017.

Convertidos en talleres, cocinas, cuartos como de descanso; ahora ultrajados, tras el cateo, donde fueron encontradas armas blancas, dijeron las autoridades, esas edificaciones que tenían hasta una numeración, quizás hasta un control.

Allá, al final de ese corredor, cual tianguis o pulga, que se ubica entre el módulo 2 y el módulo femenil, donde se alberga de todo, fuero federal y común, -refirió uno de los elementos estatales-, ahí estaba el espacio identificado como “ER#45”, y ahí casi una decena de elementos policiales resguardándolo, cual si fuera una residencia.

En ese lugar, donde simplemente al levantar la vista se observaba el galerón, -esa torre de seguridad- característica de las penitenciarías; ahí a escasos metros, solo 5 de profundidad y 40 de largo bastaron para ser violadas, las instalaciones carcelarias.

En ese momento la sorpresa se posó en los presentes, estar frente al famoso túnel de penal victorense; a ojo de buen cubero, metro y medio aproximadamente de circunferencia, una escalera de madera, gruesa por cierto.

La autorización de los elementos de seguridad, incluía, bajar esos 10 escalones pararse y tomar las gráficas o videos que permitiera la oscuridad, pero ni un paso al frente, porque entonces se acaba todo.

El túnel, fangoso por tantos pasos andados por los 29 fugados, las autoridades y para finalizar los informadores, estaba forrado de placas de madera y hasta donde la vista permitía observar, un viejo ventilador colgado.

Concluida la misión, todos de nueva cuenta reunidos integrados en un grupo rodeados de agentes estatales, algunos de ellos, binomios caninos, y ahora el recorrido era a la inversa, pero el temor, las voces calladas, los olores, el estruendo de las máquinas al colapsar las débiles construcciones, continuará por varias horas más.

Al salir de la penitenciaria, no sin antes cumplir con los protocolos de seguridad, ahí permanecían, incólumes, esas mujeres ya antes citadas, ahora más desesperadas, incluso agresivas, “no van a salir si no nos dicen como están ahí adentro nuestros hijos, si ya comieron, si ya les dieron agua”, confrontaban.

Varios minutos después, algo sucedió, alguien las convenció que si se tranquilizaban en un rato más comenzarían las visitas al interior… eso si las calmó.

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