Moscú y Pekín cierran filas tras ofensiva en Medio Oriente
La crisis internacional escaló este fin de semana luego de que el presidente de Rusia, Vladímir Putin, rompiera el silencio tras la muerte del ayatolá Ali Jamenei en el marco de la ofensiva militar contra Irán.
En un telegrama dirigido al mandatario iraní, Masud Pezeshkian, el líder del Kremlin calificó el hecho como una “violación cínica” del derecho internacional y de las normas básicas de convivencia entre Estados. Desde Moscú, la reacción fue inmediata, en medio de un ambiente diplomático tenso que refleja la gravedad del momento geopolítico.
El gobierno ruso consideró la muerte del líder supremo iraní como un acto deliberado que atenta contra la soberanía de un Estado miembro de la ONU. De acuerdo con la cancillería rusa, la ofensiva encabezada por Estados Unidos e Israel habría sido planeada con antelación y sin provocación directa de Teherán, afectando además los esfuerzos de negociación nuclear en curso.
La relación entre Moscú y Teherán se sustenta en un acuerdo de asociación estratégica integral, lo que motivó la convocatoria urgente del Consejo de Seguridad ruso para evaluar el escenario. Paralelamente, el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, sostuvo conversaciones con su homólogo chino, Wang Yi, con el objetivo de coordinar posturas ante la escalada.
Ambos gobiernos condenaron lo que describieron como una agresión contra autoridades soberanas, advirtiendo que la desestabilización podría extenderse a toda la región. En este contexto, analistas recuerdan la reciente visita a Moscú del político iraní Ali Larijani, cuyos alcances no fueron revelados pero que hoy adquiere nueva relevancia.
La postura conjunta de Rusia y China anticipa un endurecimiento diplomático en los próximos días, mientras la comunidad internacional observa con preocupación las posibles repercusiones de esta confrontación.

